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Historia

CORTA HISTORIA

DEL COLEGIO DE SANTA CRUZ DE CAÑIZARES,

ACTUALMENTE

CONSERVATORIO PROFESIONAL DE MÚSICA

Juan-Miguel Montero Barrado

El Colegio Menor de Santa Cruz fue fundado en la primera mitad del siglo XVI por Juan de Cañizares y Fonseca, sobrino del arzobispo de Toledo, Alonso de Fonseca. Juan de Cañizares se doctoró en Derecho por la Universidad de Salamanca, llegando a ser canónigo de la catedral salmantina y posteriormente arcediano Coronado (de Cornau) en la Santa Iglesia Metropolitana de Santiago de Compostela, donde murió como arzobispo electo. El retrato de Juan de Cañizares se conserva  en el Colegio Mayor del Arzobispo Fonseca.

 

Sobre la fecha de fundación del Colegio parecía haber existido una práctica unanimidad en fijarla en el año 1526, posiblemente por la referencia que hace en su obra histórica sobre la ciudad, allá por 1776, Bernardo Dorado. Por su parte, el jurista e historiador de la segunda mitad del siglo XIX Modesto Falcón ha escrito que lo fue en 1534, una fecha que resulta errónea, como veremos.

Ana Castro y  Mª Nieves Rupérez han documentado que la fecha en que se le concedió a Juan de Cañizares la licencia para constituir un colegio dependiente de la Universidad fue 1527, coincidente con la finalización de la primera fase de las obras. De una forma minuciosa han ido documentando el proceso de gestación del proyecto  por el propio Juan de Cañizares, adquiriendo distintas casas y solares desde 1509.  Las obras, más que de construcción de un nuevo edificio completo, se iniciaron con la  remodelación y adaptación de las antiguas viviendas y solares, y la incorporación de algún elemento nuevo, como la capilla,  dando lugar a lo que debía ser un colegio de esas características. De esta manera se sabe que participó en la construcción de la capilla entre 1525 y 1527 el célebre arquitecto renacentista Juan de Álava. En los años siguientes se fueron haciendo más reformas y añadidos.

El edificio, según nos cuenta Ana Castro, no tenía inicialmente mucho interés arquitectónico, si bien debemos matizar, como ella misma y  Mª Nieves Rupérez han resaltado, que disponía de una capilla con características nada desdeñables artísticamente, dentro siempre de la dimensión humilde del Colegio, teniendo en cuenta quién participó en ella y de la que, como veremos, se conservan algunos vestigios. Resulta claro es consecuencia de la forma como se fue elaborando, teniendo una planta muy irregular y tendente a trapezoidal. Constaba de un  patio central, alrededor del cual se organizaban las distintas dependencias. En su construcción hubo una importante participación de canteros vascos, como ocurrió en otros edificios de la época dirigidos por Juan de Álava.

La entrada ha sido también motivo de controversia, pues se ha considerado hasta hace poco que se encontraba en la calle Guardianes, llamada tras la constitución del colegio con el nombre de Cañizares, por su fundador. El actual nombre, Cañizal, parece ser una corrupción de Cañizares, como ha indicado Álvarez Villar. Ana Castro y Mª Nieves Rupérez defienden, dentro del trabajo referido, que la entrada principal se encontraba en lo que acabó llamándose calle de Tahonas Viejas, que conducía al convento de San Francisco, a través de una puerta con un arco de medio punto situada casi en la esquina con la de Cañizares. La capilla se encontraría en la parte norte del edificio, habiéndose conservado de esta época restos de la cabecera, con una hornacina rodeada de un arco de medio punto con pilastras y decorado a base de grutescos, propios del plateresco salmantino tan en boga en esos años; y dos pilares de la nave.                               

Según nos describe la profesora Ana María Carabias, sus colegiales vestían manto pardo y beca azul, y tenían fama de estudiosos y de hombres de carácter. Este Colegio, junto al de Cuenca, eran los únicos que admitían a alumnos extranjeros. Esto derivaba de los estatutos que se aprobaron con Juan de Cañizares, que reservaban una beca para un colegial portugués, mientras que seis plazas eran asignadas a otros estudiantes foráneos.

Los estatutos también reflejan como un dato curioso la protección moral que se buscaba de sus huéspedes, teniendo en cuenta la proximidad de lo que en Salamanca se ha llamado hasta hace poco el barrio Chino. Así, como nos ha contado Luis Sala, en alusión a dichos estatutos, había una prohibición tajante para que los estudiantes no anduvieran “por callejuelas extraordinarias y a donde viven mujeres de ruin vida y trato, mucho menos entrar en casas de semejantes mujeres, ni puede hablar con ellas a la ventana o puerta, ni quitarles el bonete, ni hacer otro comedimiento, de ninguna manera se puede detener en hablar con mujer en calle, aunque sea vieja y sin sospecha”.

En el año 1624 el Colegio de Santa Cruz de Cañizares se unió a su homónimo de San Adrián, también llamado de Rivas (o Ribas, según Álvarez Villar), por haber sido su fundadora, según Falcón, Isabel de Rivas. El nombre del Colegio más utilizado siguió siendo el de Santa Cruz de Cañizares, aunque en el acuerdo de fusión Álvarez Villar ha citado que en el blasón se “habían de confundir las armas de los sellos haciendo de entrambas una”. Las constituciones y el ceremonial por el que se rigió el colegio refundido fueron las de Cañizares, con vigencia hasta 1758, como han escrito Ana Castro y  Mª Nieves Rupérez

Ya en el siglo XVIII se hicieron varias obras en el modesto edificio. Una fue cerrar, tras varios intentos frustrados, un callejón trasero que mediaba con el convento de las Agustinas (Castro y Rupérez), pero sobre todo destaca la erección de una nueva fachada en la calle Tahonas Viejas. Álvarez Villar se refiere al año 1734, por ser la fecha que aparece en el escudo blasonado de la nueva portada. Añade que fue el obispo José Sancho Granado quien las impulsó. Castro y Rupérez han escrito que se iniciaron en 1733, lo que no se contradice con el hecho de que se concluyeran en el año indicado en el escudo.

La nueva fachada dio un aire nuevo al Colegio, dadas sus características y los arquitectos que directa e indirectamente intervinieron. Y entramos, de esta manera, en otra controversia. Se ha sostenido que la nueva portada permitió el acceso a la capilla  desde esa calle, reformándose incluso en su interior, y que la obra fue adjudicada al propio Alberto de Churriguera. Castro y Rupérez, desde su consideración de que la entrada principal siempre estuvo por Tahonas Viejas, desmienten todo ello. Según han documentado quienes la diseñaron fueron  Domingo Díez, aparejador, y Francisco Estrada, arquitecto, aunque, eso sí, bajo la influencia de los  Churriguera, para quienes trabajaban. 

En lo que no hay duda es que se trata de una portada de gran belleza. Tiene rasgos del estilo conocido como churrigueresco, lo que le incluye dentro del más general del barroco. Hay algunas informaciones de que es de estilo plateresco, lo que es un grave error, a no ser que se quieran referir a la fachada del edificio original, que, por otra parte, no se ha conservado.

La portada nueva tiene una disposición vertical, dada la estrechez del edificio y de la calle, pero con una importante resolución. Consta de dos niveles, separados por un gran baquetón, propio del barroco. La puerta de entrada tiene un arco mixtilíneo, con elementos del gótico final, que recuerdan los del patio de las Escuelas  Menores, aunque, como indican Castro y Rupérez, fuertemente remarcado con un grueso bocelón. El nivel superior, donde se encuentra una gran puerta rectangular con orejeras que se abría a un balcón, está coronado por un frontón en el que se sitúa el blasón del colegio, debajo del cual se ha puesto la fecha de 1734. Como dato curioso, Álvarez Villar (citando a Castro y Rupérez) ha escrito sobre las anomalías heráldicas que tiene, consecuencia de la primera unión de los colegios de Cañizares y Rivas (o Ribas) en el siglo XVII, y la posterior intervención del obispo José Sancho en el siglo siguiente, dando lugar a una mezcla de símbolos en sus cuarteles.

A instancias del obispo don Felipe Beltrán el 10 de septiembre de 1780 los colegios menores de Santa Cruz, los Ángeles y Monte Olivete se fundieron en uno solo. Castro y Rupérez añaden el colegio de san Millán. Su nombre pasó a ser el de Colegio de los Ángeles. La Universidad salmantina estaba pasando un mal momento y no había posibilidades de mantener tantos colegios, lo que conllevó la progresiva decadencia y hasta desaparición de varios de ellos, como  fue el caso del colegio de Santa Cruz de Cañizares. Después de dos siglos y medio de vida, atrás dejó un número de residentes que se convirtieron con el tiempo en personajes más o menos importantes del mundo de la administración, la enseñanza y la Iglesia. Como nos describe Bernardo Dorado, fue un “Insigne Colegio” que ha dado “quatro Mitras, nueve Cathedraticos, algunos Inquisidores, y muchos Prebendados de diferentes Iglesias”.

Pese a la destrucción de edificios y el expolio de objetos que asoló la ciudad tanto durante el paso de las tropas francesas hacia Portugal en 1801 y 1807, como, sobre todo, durante la propia guerra, las consecuencias que tuvo no fueron graves para el antiguo Colegio de Santa Cruz de Cañizares, como ha señalado Mª Nieves Rupérez. El antiguo Colegio no siguió la suerte de otros tantos civiles y religiosos, que fueron utilizados como lugar de acuartelamiento o residencia de tropas; derruidos para construir obras militares o hacer un nuevo ordenamiento urbanístico, más en consonancia con las normas francesas; o fruto del enfrentamiento directo por las calles de la ciudad entre los dos bandos en liza.

Se ha documentado por Castro y Rupérez que durante la ocupación francesa pasó a ser parte de los bienes nacionales, aunque las nuevas autoridades acabaron cediéndolo a las religiosas de Santa Ana, llamadas también benitas o benedictinas, pertenecientes a la orden de San Benito. En el edificio  estuvieron durante unos cuantos años, sin que se sepa cuándo y  por qué acabaron  mudándose al convento de las Benedictinas de Alba de Tormes.

De lo que pasó a lo largo del siglo XIX, tras el fin de la guerra, se sabe poco, excepto que acabó siendo un solar en ruinas tras la marcha de las monjas de Santa Ana. No obstante, en el conocido plano “Salamanca en 1958”, que refleja tanto el trazado de las calles como el alzado de numerosos edificios,  se puede percibir el Colegio de Santa Cruz de Cañizares, tanto en su fachada principal de la actual calle Cañizal, como en su portada barroca de la calle Tahonas Viejas. Esos dos son también los nombres escritos de las calles. En todo caso, se puede sacar como conclusión que en esa fecha todavía no se había derruido el edificio.

Me he preguntado si el antiguo colegio pudo ser expropiado durante las desamortizaciones de 1836 y 1855, pero, por ahora, no sabemos nada. Sólo se sabe que en desde finales del siglo XIX o principios del siglo XX tuvo propietarios distintos, siendo uno de ellos quien hizo una reconstrucción entre esas fechas, levantando una corrala que tenía una forma rudimentaria. Las viviendas no eran grandes. En el patio estaban los servicios y las pilas para lavar, que eran de uso comunitario. Eso no era óbice para que las familias que allí habitaban, que eran muy humildes, adornasen con muy buen criterio el patio a base de unas macetas que cuidaban con todo el cariño. Al edificio también se le conocía  con el nombre de “la Casa Grande”. De la descripción esta casa puedo dar muy buena fe, dado que en ella habitaban dos de mis amigos de juventud, por lo que pude visitarla en los años 50. Con el que mejor me llevaba era con Joaquín, que vivía con su tía y en cuya vivienda entré en varias ocasiones. Hablando hace unos meses con él, siempre hizo mención de que el propietario era, si no recuerdo mal, don Juan Boyero. El apellido es cierto, pero el nombre no lo puedo asegurar.

 

Dado el lamentable  estado en que se fue encontrando el edificio con el paso de los años, entre 1958 y 1959 algunos de los vecinos fueron  trasladados a distintos lugares. Unos fueron a la tercera fase del barrio de Salas Pombo, hoy llamado San Bernardo, que estaba recién acabado de construirse, y otros a la parte norte de la ciudad, con el  nombre curioso también -qué coincidencia-  de Ciudad Jardín.

Recientemente he estado haciendo varias averiguaciones, que voy a intentar explicar. Por un lado, he estado consultando varios documentos del registro de la propiedad depositados en el Archivo Histórico Provincial, sin que haya podido llegar a conclusiones claras, porque los datos son parciales, pero con cierta utilidad. Puedo certificar que aparece un miembro de la familia Boyero entre las personas relacionadas. Por otro lado, he estado intentando entrevistarme con miembros de dicha familia y como fruto de mi insistencia por fin pude hacerlo con María Velasco Boyero.  Esta mujer ha sido la última propietaria de lo que hoy es el actual Conservatorio Profesional de Música, antes de la venta de la parte correspondiente del antiguo Colegio de Santa Cruz a la Junta de Castilla y León. Al parecer el edificio y el solar en ruinas, junto a otros colindantes que dan a la calle Ancha, habían sido propiedad de su familia por parte de madre, en concreto de Mª Teresa Boyero Alberto, casada a su vez con Andrés Velasco Bellido. Sin que pudiera decirme cuándo, pasó a los hijos Ricardo y Andrés y ella misma. Según los datos registrales del Archivo Histórico Provincial hacia 1979 hubo dos transmisiones de propiedad, de un solar en la calle Cañizal y una casa en ruinas en la calle Tahonas Viejas, a favor de otra persona.

De esta manera, según me contó María Velasco Boyero el terreno donde está ubicado actualmente el Conservatorio perteneció con anterioridad a varias generaciones de su familia. Casi me atrevo a asegurar, con las debidas reservas, que lo que fue el antiguo Colegio Santa Cruz, entre las calles Cañizal y Tahonas Viejas, así como los solares y viviendas que desde Tahonas Viejas van a la calle Ancha, propiedad de la familia Boyero, pudieron ser del Colegio, teniendo en cuenta que Juan de Cañizares, cuando trazó su proyecto de un colegio universitario, se dedicó a comprar viviendas en la zona, fruto de lo cual fue la realidad del Colegio Santa Cruz. De ahí que aproximadamente sobre el año 1950 sus padres levantaran un edificio de viviendas que ocupa parte de la calle Ancha, actualmente con el número 1, y de la calle Tahonas Viejas, hasta juntarse con el Conservatorio Profesional de Música de Salamanca y cuyo inmueble pertenece actualmente a la última  heredera, María Velasco, que es la que casi en su totalidad lo regenta. Digo esto, porque algunas de las viviendas fueron vendidas hace muy pocos años. Entre los dos edificios hay un patio que divide a  ambas construcciones.

Para finalizar este corto escrito debo señalar que en el año 1992 se acabó de construir el Conservatorio Profesional de Música, una obra que ha sido diseñada por los arquitectos Ángel León Ruiz, José Carlos Marcos Berrocal y Pablo Núñez Paz. Del resultado final del nuevo edificio destaca su integración con los restos antiguos del Colegio de Santa Cruz de Cañizares, incorporados en el salón de actos, en el caso de la capilla del siglo XVI, y en el envolvente exterior, en el caso de la fachada principal levantada en el siglo XVIII, que se han convertido en el principal símbolo del  nuevo centro cultural.


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